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miércoles, 19 de octubre de 2011

12 Noches de Halloween: #1 Mister Polo



Empezamos este especial de Halloween con uno de mis cuentos favoritos de cuando era peque (y de ahora también): Mister Polo de Gahan Wilson. No puedo encontrar una copia on line, así que voy a cometer la locura de copiarlo a manoooo. Jaja.
Siempre amé como este cuento mezcla lo tierno y lo siniestro. Es perverso,  me encanta.

Mister Polo, Gahan Wilson:

¡Escuchen, niños! ¿Oyen la musiquilla? ¿Oyen ese alegre tintineo que viene hacia aquí? ¿Oyen esa maravillosa melodía, tilín-tilín, tilín-tilín, que se acerca suavemente por la calle entre las copas de los árboles y atraviesa el azul del cielo en este sofocante y bochornoso día de verano? 
¡Es Mister Polo que viene en su furgoneta! ¡Mister Polo y sus ricos helados! ¡Cucuruchos con grandes bolas, redondas y frías! ¡Suculentos mantecados cubiertos de chocolate ensartados en palitos de madera! ¡Fresquísimos batidos de un increíble color rosa!

La música se aproxima entre el calor, tilín-tilín, tilín-tilín, y empieza a excitar los ánimos, apáticos y aletargados hasta hace solo unos sudorosos segundos.

Bobby Martin, que está tumbado boca arriba en la hierba observando el lento discurrir de una nube en el cielo sin mirarla siquiera, se ha puesto en pie rápidamente y corre por la espesa hierba para pedirle a su madre, que cabecea en el porche sobre una revista que le resbala de las manos, si le da dinero para comprarse su ranita de lima helada.

Y Suzy Brenner ha abandonado el iluso proyecto de atar el sombrero de su muñeca a la cabeza del gato (para gran alivio del gato) y ahora revuelve con frenesí en su monedero de plástico con topos, para ver si tiene suficientes monedas para comprar un helado de plátano con virutas de chocolate. ¡Ya casi paladea su dulzura! ¡Ya casi siente el frescor bajando por su garganta! 
Y tú, tú has olvidado por completo que intentabas conseguir música de una hoja de hierba soplando en ella, como viste hacer al hermano mayor de Arnold Carter; ahora tus manitas hurgan desesperadas en los bolsillos y palpas la concha cubierta de arena que ayer encontraste en la playa, y esa pequeña pelota que ya no bota de tanto que la ha mordisqueado el perro, y la curiosa piedra que te encontraste en el descampado que, con suerte, podría estar cargada de uranio y ser altamente radiactiva, y hasta el momento has dado con dos peniques y veinticinco centavos y parece que acabas de rozar una moneda de cinco.

Mientras, la furgoneta de Mister Polo se va aproximando, tilín-tilín, tilín-tilín, y Martin Walpole, queriendo llamar la atención, como siempre, se seca el sudor de la frente, apunta y exclama a voz en grito con orgullo:
-¡La he visto! ¡Por ahí viene!

Y, en efecto, ahí está, doblando con parsimonia la esquina de la calle Main con Lincoln, y ves el abombado y reluciente techo blanco brillando bajo los rayos del sol a través de las frondosas copas verdes de los árboles que, en la cúspide de su plenitud veraniega, han alcanzado una densidad y exuberancia más propia de la selva amazónica que de este Lakeside del medio Oeste norteamericano, y descartas un último trocito de cuerda olvidado en el bolsillo y tu corazón se llena de alegría porque acabas de dar con otra moneda de veinticinco centavos y eso significa que ya tienes para comprarte ese polo de naranja que te helará los empastes, te congelará el gaznate y te teñirá la lengua de esa hermoso y llamativo color rojizo que siempre, no falla, aterroriza a tu hermana.

La furgoneta de Mister Polo ya está a la vista de todos y su alegre tintineo suena con tanta fuerza que, pese al bochorno y la humedad, asusta a un gorrión y lo hace desviarse bruscamente de su vuelo.

El perro de Rusty Taylo da el aviso con un ladrido y todos se lanzan a la carrera desde todas direcciones, las monedas agarradas con fuerza en las palmas húmedas de sus manitas, y todos se relamen, la vista clavada en el rotulo azul brillante, con letras pintadas en cubitos de hielo que anuncia: MISTER POLO a ambos lados de la furgoneta y por delante y por detrás, y Mister Polo en persona, sentado al volante, saluda con un amplio gesto de su pálida manaza a todos y detiene su vehículo y todas las maravillas que éste contiene con la lentitud, la pericia y la majestuosa elegancia de un oficial fondeando un transatlántico.

-¡Un Apolo de fresa! -exclama el gordo Harold Smith, que como de costumbre ha llegado el primero, y Mister Polo abre de golpe una de las seis portezuelas del lateral izquierdo de la furgoneta, clic, saca el polo, se lo da a Harold, toma el dinero, y antes de que te des cuenta, ya se ha desplazado a la portezuela superior derecha de las cuatro situadas en la parte trasera de la furgoneta, la abre, clic, y Mandy Carter sostiene su sorbete, le da un lametazo al tiempo que le tiende las monedas, mientras Mister Polo abre ya una de las seis portezuelas del lateral derecho de la furgoneta y, clic, Eddy Morse ha mordido la punta de su bombón crocanti con canela color rojo brillante, más feliz que unas pascuas.

Y entonces te toca a ti ver tu deseo satisfecho tras el límpido clic del cajón superior central del lateral derecho de la furgoneta, que ha sido tu lugar desde que tienes uso de memoria, y dejas el dinero en la ancha y pálida palma de la mano de Mister Polo, siempre fresca al tacto, y cuando das un paso atrás para lamer el polo de naranja y sentir su frescor resbalando por tu garganta, te descubres admirando de nuevo los ágiles movimientos de Mister Polo, que se desliza de un lado a otro, se agacha, gira y da la vuelta, se inclina y se levanta, va de una portezuela, clic, a otra, clic, sin dar un paso en falso, clic, ni hacer un alto, clic, dejando al paso de su enorme corpachón una estela de frescor, y piensas que ojalá tú te movieras con esa ligereza cuando corres marcha atrás por la gravillas del patio de recreo con las manos alzadas para cazar la pelota, pero sabes que no es así.

Todo resulta muy familiar y reconfortante: el progresivo silencio de los demás niños a medida que satisfacen su deseo, la frialdad en aumento de tu lengua mientras consumes un carámbano de naranja más, lametazo a lametazo, hasta llegar al palito de madera plano, y el plomizo calor veraniego cayendo de pleno.

Pero esta vez hay algo distinto respecto a anteriores ocasiones porque, sin tú quererlo, sin haber puesto el más mínimo empeño en ello, has observado algo en lo que antes no te habías fijado: Mister Polo nunca abre la portezuela inferior derecha de la parte trasera.
Las demás sí, las abre todas, lo está haciendo ahora mismo que han llegado otros niños y piden sus helados. Clic, clic, clic, abre una portezuela tras otra extrayendo bombones helados de plátano, sorbetes de cereza y demás especialidades favoritas, cada una de ellas siempre tras su portezuela habitual.

Sin embargo, la fría mano de Mister Polo pasa siempre de largo por una de ellas, una portezuela en la trasera de la furgoneta, la de la fila de abajo, en el extremo derecho. Y entonces caes en la cuenta, con un leve escalofrío, de que nunca, en todos los años que han pasado desde que Fred, tu hermano mayor, te llevó de la mano por primera vez aquella furgoneta y pagó tu polo de naranja porque tú eras tan pequeño que ni siquiera sabías contar, que nunca, nunca has visto abrirse esa portezuela.

A fuerza de lametazos has terminado el polo y pasas la lengua una y otra vez por el áspero palito de madera sin apenas sentirlo, y no puedes apartar la vista de la portezuela y sabes, es algo que te sale de las tripas, que tienes que abrirla.

Observas con atención a Mister Polo y calculas mentalmente lo que tarda en desplazarse de las portezuelas delanteras a la parte trasera de la furgoneta y , como tienes la mente revolucionada, enseguida te das cuenta de que si tuviera que atender a dos personas, una inmediatamente después de la otra, estaría entretenido en la parte delantera el tiempo suficiente para que tú abrieras esa portezuela que siempre está cerrada, esa portezuela que ahora se encuentra tan cerca que casi puedes tocarla, y tendrías el tiempo justo para echar un ojeada y cerrarla ante de que él se hubiera dado la vuelta.

En ese momento Betty Deane pide un cucurucho de vainilla y Mike Howard uno de nuez y tú sabes que ambos helados se guardan en la parte delantera, arriba, a la derecha.
Mister Polo pasa como una exhalación ante tí, tan cerca que el aire te pone la piel de gallina en los brazos. Instintivamente, sin pensarlo dos veces, alargas la mano.
¡Clic!
Tu corazón se congela como todo lo que contiene aquella furgoneta. tras la portezuela, en el espacio cuadrado del interior, ves dos pilas de manitas, pequeñas como las tuyas, frías, relucientes y blanquecinas, con los dedos tendidos hacia ti, hacia la luz del sol, y sus cadavéricos brazos infantiles prolongándose hacia atrás y perdiéndose en la oscuridad.

Asomando sobre las dos manitas del final de la pila, como saliendo de algo al fondo, redondo y brillante, algo espantosamente inmóvil, reposan dos rígidas trenzas rubias con las puntas atadas en unos primorosos lazos congelados.

Pero el horror te ha paralizado y la portezuela se cierra, clic, y la mano de Mister Polo, que ahora parece descomunal, la cubre por completo y él se inclina sobre ti, su enorme cara sonriente tan cerca que percibes su frialdad aun bajo el sol veraniego.
-Ahí no -te dice en voz baja. y sus dientillos, pulcros y regulares, brillan como esquirlas de un iceberg, y lo tienes tan encima que adviertes que incluso su aliento es gélido-. Esos de ahí dentro no son para ti. Son para mí.

Y se yergue de nuevo, vuela de una portezuela a la otra, clic, clic, clic, y los demás niños no han visto lo que escondía aquel compartimento, y cuando se lo cuentes no se lo creerán, por mucho que agranden los ojos y la historia los encandile, y ni una solo de ellos habrá reparado en la mirada que te ha dirigido Mister Polo.

Pero tú sí, ¿verdad? Y una noche, cuando ya haya terminado el verano, cuando ya haga demasiado frío y éstes solo, tumbado en tu cama, oirás la agradable musiquilla de Mister Polo aproximándose poco a poco en la oscuridad, a través de las hojas secas y marchitas del otoño.
Tilín-tilín, tilín-tilín...
Y un poco más tarde, tal vez oigas el primer clic.
Pero el segundo no lo oirás jamás.
Nadie lo oye nunca.

Me encanta, ya nunca ves a los camiones de helados -mucho menos a los heladeros- de la misma forma jaja
Nos vemos mañana ^^

12 comentarios:

  1. Esta extraño el cuento. Muy bueno para ser el primero de las 12 noches :)

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  2. O.O jajajaj ya no voy a ver a los heladeros de la misma forma nunca más.
    Un beso :)

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  3. Lo conozco este cuento, lo tengo en uno de mis libros de R.L Stine, que se llama ¡ Peligro! reúne varias historias de terror que el autor le ha gustado, por supuesto hay historias de él. Muy buen aporte, quisiera leerte otra historia de terror, me encantan. Un besito desde Plegarias en la Noche.

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  4. Me Gusto!!! Me Recuerda Mucha A Cuando Era Niña Y Vivía En Cancun!!! Todos Los Días Llegaba El Paletero Y Todos Los Días Le Pedía Una Paleta De Limón!!

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  5. No lo conocía, qué bueno! Me ha encantado *__*
    Cómo describe las cosas, con un ambiente asfixiante a la vez que infantil... No se cómo explicarlo, me ha gustado mucho.
    Ya he escrito la primera entrada, ahora la linkeo en la entrada de Halloween ^^
    Besos Halloweenianos! :)

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  6. Qué bueno!!!!
    Y genial la iniciativa.
    Besos

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  7. Acabo de descubrir tu blog y me encanta *__*
    No conocía este cuento! Bravo por el esfuerzo de haberlo copiado a mano!!
    Un abrazo! :)

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  8. Esta buena la idea Meli, pero ¿vos querés que yo duerma con la luz encendida? jajajaja.
    Te seguiré leyendo.

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  9. OMG ._. si empezamos así ya voy a estar re traumada para el tercero xD jajjaja. Muy bueno el relato Meli, re creepy. Me pasaré por aquí para seguir el resto de las 12 noches ^^
    Genial la idea! (:

    Besos!

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  10. Buenísimo!!!! Y que miedo, ya nunca compraré helados del camionsin jajajaja- Me gustó!!! Se pone la piel de gallina!

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  11. Conocía la historia, pero me la contaron, no la leí.
    Y sí, le da un aspecto totalmente nuevo a los heladeros.

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  12. Hola!
    ¡ terrorífico! Excelente en el genero,me puso los pelos de punta. :D

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