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viernes, 21 de octubre de 2011

12 Noches de Halloween: #3 La incineración de Sam McGee



Esta es una historia en forma de poema que narra la odisea de un hombre que tiene que cremar a su compañero muerto, tal vez al final sea más cómica que terrorífica, pero me encanta. Me causa la misma sensación de frío y soledad que el cuento de ayer, y esa es una de mis sensaciones favoritas. (Se los conté cuando reseñé Marina, ¿se acuerdan?

La incineración de Sam McGee, Robert W. Service


Extrañas historias cuentan quienes el polo frecuentan
esperando grandes tesoros hallar.
Al Ártico y sus sendas imputan tales leyendas
que hasta la sangre llegan a helar.
Bajo la aurora boreal el mundo es siempre espectral;
y doy buena fe de ellos pues lo pude presenciar
la noche que en el lago Lebargue pasé el mal trago
de a Sam McGee tener que incinerar.

Érase un tal Sam McGee, oriundo de Tennessee,
donde crece y florece el algodón,
que sin razón un día, el sur abandonaría
sin antes dar a nadie explicación.
Él, que era tan friolero, fue a caer prisionero
del Polo, por el oro embrujado.
Por mucho que dijera, con sus francas maneras,
que él allí no iba ni atado.

Era el día de Navidad y no sin gran dificultad
avanzábamos por heladas sendas.
¡Menuda ventisca glacial! Como cuchilla infernal
se clavaba entre nuestras prendas.
Y si cerrabas los ojos, descubrías con enojo
que el hielo te pegaba las pestañas.
Toda una odisea, sí, pero solo Sam McGee
lloraba y protestaba con gran saña.


Ese día, tras el ocaso, acurrucados al raso,
hicimos nuestra cama en el hielo.
Saciada la jauría, los astros con alegría
veíamos bailar en el cielo,
cuando Sam se vuelve a mí y me dice tal que así:
"Jefe, ésta no la voy a contar.
Pido que, por caridad, cumpla con mi voluntad.-
Es la última, no se puede negar."


Tan decaído lo vi, que sin dudar asentí;
y entonces díjome lloriqueando:
"Es este maldito frío que ha entrado en mí 
y hasta los huesos me está calando.
Mas no temo a la muerte, sino a la triste suerte de ser en el hielo enterrado.
Por tanto me gustaría, que en el aciago del día,
mi cuerpo fuera incinerado"


La última voluntad sagrada es en verdad
y cumpli lo pactado le prometí.
En cuanto el alba vimos, el camino emprendimos,
mas, oh, que palidez en su rostro vi.
En su trineo encorvado, el día desconsolado
se pasó llorando por Tennessee,
y antes del anochecer, sin remedio di en ver
el cuerpo ya sin vida de Sam McGee.


Sin ningún hálito vital en aquel Polo infernal
yo eché a correr horrorizado,
con el fardo semioculto del cadáver insepulto,
a cumplir cuanto antes lo jurado.
Atado él al trineo, creía oír su jadeo:
"Ya puedes hacer de tripas corazón,
pero tu promesa diste y en tus manos pusiste
mis restos y su incineración"


En fin, es ya bien sabido: deuda es lo rpometido,
y en el Polo el honor es inflexible.
En los días venideros mis labios no se abrieron,
mas por dentro maldije lo indecible.
Y en noches sin fin ni juego, ante el desolado fuego,
mientras los huskies en coro
aullaban sus pesares a las nieves polares,
¡dios sabe cómo cómo odié aquel engorro!


El tiempo veloz pasaba, su peso aumentaba
y aquel lastre era un tormento.
Mas seguí empecinado, con los perros ya cansados
y menguando el alimento.
El camino se perdía, yo medio enloquecía,
pero juré que echaría el resto.
cantaba de vez en cuando, mirando el fardo nefando,
que me devolvía su hosco gesto.


Hasta que al Lebarge llegué y en el lado observé
un barco en el hielo enterrado.
Su casco lo delataba: Alice May, se llamaba
y en el lago había encallado.
Tras un rato de observarlo y otro rato de rumiarlo
al fiambre congelado me volví:
"¡Amigo, caso resuelto! -exclamé desenvuelto-. 
¡El crematorio ya está aquí!"


Me fui a la cubierta, arranqué tablas a espuertas
y prendí fuego en la caldera.
Encontré algo de carbón, perdido en algún rincón
y avivé al máximo la hoguera.
¡Qué llamaradas arrojó, qué gran rugido se oyó!
Nunca vi fuego con tal resplandor.
En las brasas luego hurgué, entre ellas un lecho cavé
y a McGee metí en el interior.


Luego me fui de paseo, pues aquel chisporroteo
creí que no podría soportar.
Luego los cielos bramaron, los huskies aullaron,
y el viento comenzó a soplar.
Hacía un frío helador, mas por mi rostro el sudor
resbalaba de modo sorprendente.
Y la sucia humareda, como una negra seda,
por el cielo se extendía ingente.


No sé cuánto me alejé, cuánto tiempo me demoré
luchando contra el miedo raso;
pero el cielo centelleó y de astros se llenó
sin que me atreviera a dar un paso.
De miedo me estremecía, mas dije con valentía:
"Voy a asomarme un momento dentro;
ya se habrá calcinado; lo tengo muy olvidado."
... Abro de par en par, ¿y qué me encuentro?


Pues a Sam allí sentado, tan campante y aplomado,
con las llamas alrededor rugiendo.
Y la mar de sonriente me dice tranquilamente:
"Por favor, cierra la puerta corriendo
que se está aquí muy a gusto, evitemos el disgusto
de que entre la corriente con su frescor.
Desde que salí de Plumtree, en tierras de Tennessee,
es la primera vez que entro en calor" 


Extrañas historias cuentan quienes el polo frecuentanesperando grandes tesoros hallar.Al Ártico y sus sendas imputan tales leyendasque hasta la sangre llegan a helar.Bajo la aurora boreal el mundo es siempre espectral;y doy buena fe de ellos pues lo pude presenciarla noche que en el lago Lebargue pasé el mal tragode a Sam McGee tener que incinerar.

3 comentarios:

  1. ¡ME ENCANTO! ¡ESTUVO MUY EMOCIONANTE! ¡Un gran saludo: ¡Muchisimas gracias por traernos tan geniales relatos! :)

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  2. Genial! Está muy bueno xD
    Frío y soledad a las brasas jaja. Creepy y cómico, me encantó :B

    Besitoos! n.n

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