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Lee.Sueña.Vuela

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La cortina del baño le pareció la mejor opción. Siempre le había gustado su color marfil, su tacto sedoso, la ligereza de la tela, el brillo barato, las flores bordadas en hilo muy blanco.

Era un buen vestido para su fantasma.

La arrancó de los ganchos con drama y se la echó sobre los hombros. Sobre la cabeza. Fresca y liviana. Un buen vestido para un fantasma.

Y caminó en el patio. Caminó en la sala. Arrastrando cadenas que en realidad no estaban. Pegando alaridos que no resonaban. Maldiciendo una tierra que nadie pisaba. Con su hermoso vestido, vestido de fantasma.

Y le lloró al alba. Y le cantó a la luna. Abrazó al polvo y le sonrió a la bruma.

Y acarició las flores que se marchitaban.

Sintió el viento fresco besando su cara y al rocío del pasto mojando su gala. Mojando su hermoso, hermoso vestido de fantasma.

Y se sintió valiente. Se sintió segura. Se sintió ella misma después de mil lunas.

Y si igual era lo mismo. Si igual nada cambiaba.

Si igual hacía mucho que nadie escuchaba. Que nadie veía. Que nadie notaba.

Hasta ahora, todo lo que le faltaba era un vestido. Un hermoso vestido de fantasma.


❤

¿Por qué me gusta tanto escribir cosas turbias que riman? No lo sé, pero parece que no voy a parar jamás. JAMÁS.

Hacía años que no les compartía un relato mío, y la inseguridad y la autocritica siguen ahí tan latentes como la última vez que publiqué, pero mi propósito este año era justamente compartir más cuando escribo. Y últimamente estoy superinspirada a escribir bajones pretenciosos pero que a mí me gustan bastante, así que dije ¿por qué no?

Decidí abrirme un Medium para compartir relatos. ESTE. Si alguno quiere seguirme por allá los amo. Todavía estoy medio perdida, pero probablemente sea lo más positivo que hecho por mí misma en once siglos.

En fin, espero que les haya gustado.


¡Buena semana a todos!

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¡¡Hola, hola!!

¿Cómo están pequeños míos? Yo feliz de estar de vuelta (mentira, cada vez que me voy de viaje sufro una crisis existencial de solo pensar en volver jajaja) pero ya tenía muchas ganas de bloguear.

Además, no solo volví yo de mis vacaciones, ¡sino que volvió Adictos a la escritura y todo es demasiado bello! Por poco no participo, porque hice un excelente trabajo yéndome bien lejos y olvidándome de todo. Pero me bella amiguchi Stef de Mi reflejo en el papel me recordó que hoy era la fecha de entrega y como tenía un relato atravesado en la garganta, decidí hacer el intento. Como realmente estaba luchando porque lo dejara salir, en media horita ya estaba todo listo.

La temática era el invierno, porque en el hemisferio norte siempre se olvidan que acá no es invierno en enero (jamás olvidaré a esa lectora que me discutió a muerte una vez este tema jajaja) y que con 40° no nos inspiramos muuuuucho a escribir sobre frío, calidez y esas cosas bellas. Pero mi relato justo tiene un poco de las dos estaciones, así que no fue mucho problema:



INVIERNO


No son ni las diez de la mañana y ya hace un calor para morirse.

Es el toque característico de nuestras fiestas decembrinas: temperaturas asfixiantes, humedad asesina y vapores de comidas demasiado calóricas para este clima.

Mientras todos nos apilamos en un retaso de sombra, una señora halaga con brío mi pelo. Solo le sonrío porque nunca sé cómo reaccionar a los halagos, pero por dentro le doy la razón: me levanté con el pelo fantástico hoy, tanto que decidí no atarlo, a pesar del bochorno, para ir hasta la puerta del consultorio del médico, a esperar bajo el sol por un par de recetas para mi abuela.

Hay mucha gente y se fijan en mí porque soy joven, porque mi pelo tiene vida propia y porque tengo algo en mi aura que hace que le agrade de sobremanera a los ancianos. Es que solo dos tipos de personas nos amontonamos en un día como aquel en la puerta del consultorio: ancianos que no tienen más alternativa que aventurarse con el calor asesino para obtener la receta a aquel remedio que necesitan con desesperación (o por habito) antes de las fiestas y familiares de ancianos, como yo, que tienen la suerte de que alguien se aventure por ellos para ahorrarles el tedioso momento. Sin embargo, soy la única persona allí con menos de seis décadas. 

La conversación, sumida en sudor, no varía ni cuando la cola avanza y llegan nuevos pacientes a reemplazar a los afortunados que ya se fueron: el calor, por supuesto. La inflación, que crece con la temperatura, aunque el gobierno lo niegue. Los platillos que están preparando para las fiestas, que parecen inmunes a los precios. Reniegos conyugales, teñidos de hilaridad y ternura, de la certeza de que no cambiarían por nada aquellos cuarenta, cincuenta años de matrimonio quejándose de las mismas cosas, del miedo a pronto no tener de que quejarse. De que aquellas quejas se conviertan en una nostálgica anécdota. Y, ni hay que decirlo, la enfermedad, las nanas y ñañas que los llevan a la puerta del consultorio de un médico en víspera de Navidad con cuarenta grados a la sombra y una secretaria horripilante que no nos permite esperar adentro porque "el doctor no está atendiendo".

Todo esto para volver al calor, en un círculo vicioso, como si fuera novedad que en verano la tierra arde.

Siempre odié el verano.

El tufo. La humedad. Los mosquitos. Las charlas banales. Los días perdidos. La hipocresía festiva. Los saludos sudados. La presión baja. La presión más baja. La gente volviéndose loca y llenándolo todo para comprar regalos. La tele mostrando la temperatura creciente en primer plano, con culos enfundados en bikinis en segundo. Las hormonas alterándose con los calores. El pegote sudoroso que comprende la menor muestra de cariño. Las revistas colmando sus titulares de celebridades en parajes paradisíacos a los que la mayoría de nosotros no puede acceder y cuya simple visión provoca solo más calor.

Todo es irritable y más pesado en verano, por eso siempre amé el invierno.

El aire frío. Las bebidas calientes. Libros al lado del fuego y desayunos en la cama mientras llueve por la ventana. Calidez de hogar, abrazos infinitos, bufandas y mejillas sonrojadas. La ciudad gris y desapacible tornándose cálida, narices frías, besos en la Plaza de los Dos Congresos. El viento en el pelo, meriendas llenas de risa, complicidad, sueños y cariño. Naves volando alto hacia el futuro.

Sinónimo de calidez y cosquillas, amplios horizontes y poesía.

O lo amaba, hasta que tres palabras me robaron al invierno.

Y ya no fue risas y planes. Fue lágrimas y mentiras. Fue consciencia de irrelevancia y naves estrelladas. De sueños hechos tiritas. De plazas ventosas y grises. De café amargo y soledad. De ser indispensable, una pieza reemplazable. De haber sido utilizada como un objeto sin emociones ni sentimientos. 

Odio el verano, lo odio con todas mis fuerzas. Pero no puedo tolerar que sea invierno, concluyo mientras por fin toca mi turno y la secretaria hostil y malhumorada me alcanza mis recetas (recetas que en su desgano e indiferencia siempre hace mal), ya no puedo tolerarlo.


No es lo que típicamente escribo y no quería volver al blog con algo tan bajón como esto. Pero consideren a este relato un vómito, un hashtag Soltar, el primer paso para mi súper objetivo del 2017: dejarlos leer más lo que escribo o mis sueños de publicar algún día van a estar en el horno si no dejo que la gente me lea jajaja

Y nos leemos súper prontito ;)

P.D: Les prometí el resultado del concurso Noche de Luz hoy, pero la editorial aún no me responde el mail aprobando a los ganadores, así que no hay nada que yo pueda hacer. Con suerte los conoceremos mañana :D
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¡¡¡Hola, holaaaaaaaaa!!!

¿Cómo andan? Yo muy bien, contenta porque después de muuuuuuuuucho tiempo les traigo un relato mío :D

Como les contaba por acá, estoy participando de BUAtales, un especie de club de escritura que se está formando en BUA (Blogueros Unidos Argentina).

En fin, llevaba mucho tiempo con esta idea en la cabeza, pero para no spoilearnos les voy a contar después cómo surgió. 

Es un cuento MUY dramático y sobre superhéroes, tema que me sacó al 100% de mi zona de confort y eso me encanta, porque siento que me ayuda a explorar nuevas facetas. La cuestión es que yo de superhéroes cero, lo más cercano que vi EN MI VIDA sobre este genero es Los Increíbles ^^U Y Megamente jaja También miraba la serie de los 60' de Batman cuando era chica, no sé si eso cuenta. Pero más que eso no, ahí se acaba mi contacto con la temática, ni siquiera vi todas esas pelis de Marvel que están de moda. 

No es mi género, no lo consumo, eso me da mucha inseguridad pero a la vez no es una historia típica así que me divertí haciéndola.

Me callo la boca (ustedes sabes que siempre escribo y escribo antes de los relatos porque si no lo justifico la autocritica me puede y no lo publico nada) y allá vamos.


SILENCIO



Créditos

Un arma, eso es lo que siempre he sido. Un arma de destrucción masiva.

No era necesario que me secuestraran y amordazaran para suponer una amenaza para mundo. Soy una por naturaleza, mi sola existencia debería hacer a toda la Tierra temblar y clamar por piedad. Porque… no estoy segura de ser buena persona y con tan solo abrir la boca podría acabar con el universo tal y como lo conocemos.

¿Cómo es que han sido tan inconscientes de permitirme vivir? Deberían haberme asesinado en cuanto llegué al instituto, siendo solo una niña. Hubiera sido lo más inteligente. ¿Será que entonces ya me temían? ¿Será que incluso las personas más nobles codician por dentro un poder como el mío?

Me dejaron vivir y me condenaron a un cautiverio peor que la muerte. Siempre en silencio, siempre custodiada, sin poder revelar jamás a nadie mi verdad porque en las manos equivocadas sería un arma mortal.

Y caí en ellas de todas formas.

Al principio, el consejo creó reglas nuevas por mi mera existencia, eso me halaga y me fastidia en partes iguales. ¿El castigo por no seguirlas? Una burbuja aislante e irrompible bajo tierra… y una mordaza. Es tan patético que algo así sea mi punto débil. Si abro la boca, soy el ser más poderoso de todo el universo, pero para volverme tan inútil como un vegetal solo hace falta algo que me impida hablar con claridad.

En fin, reglas. No puedo alterar el pasado, sé que esto vino por el incidente de los dinosaurios. Pero lo siento, no lo siento. Se estaban volviendo un tremendo fastidio y hemos evolucionado mucho mejor desde que decidí que era mejor que se extinguieran en los albores de la humanidad. Me regañaron, pero claramente nadie extraña los ataques de tiranosaurios a la hora del almuerzo, o me hubieran hecho regresar todo a la normalidad.

Tampoco puedo jugar con la vida y la muerte desde el Halloween que creí que un ataque zombie real sería divertido (¡y lo fue!). No puedo manipular la voluntad de las personas (¡con lo bien que me la estaba pasando con aquella imbécil que creía ser una cabra de monte!), intervenir con el tiempo y el espacio (¡perdón!, solo quería que el verano durara un poquito más. ¿Es eso pecado?), ni, básicamente, hacer nada que cambie la estructura del mundo y la vida en general (de todas formas, espero que disfruten la combinación pasto verde-cielo azul. La original era un espanto).

Es aburridísimo y completamente pretencioso esperar que alguien con mi poder pueda detenerse ante una sarta de reglas estúpidas. Podría hacer que se olviden de su existencia con solo abrir la boca. Pero elijo apegarme a ellas, porque quiero ser buena. No quiero que me teman. No quiero que me castiguen. Quiero ser tan normal como mi poder me lo permita. Porque lo odio. Odio ser un arma. Odio tener razón.

Y tengo razón siempre.

Mi poder es único, extraordinario y codiciado. Cualquier cosa que yo afirme será la verdad, así lo esté inventando, así sea imposible, así desafíe toda lógica y toda ciencia, o así altere el orden de la vida. Jamás me equivoco, aunque esté equivocada.

Siempre tengo razón aunque el universo entero deba colisionar para que así sea.

Sí, el helado gratis, permanente y a cualquier hora es fantástico. También cambiar el final de las películas si no me agradan (no, no voy a hacer que Jack quepa en la tabla. ¡Me da mucha risa!). Pero también es aburrido. Puedo obtener todo lo que desee y no hay nada que no pueda ser… excepto una chica libre y normal.

“No tengo poderes”, afirmé una vez y fui inmensamente feliz por un cuarto de hora. Hasta que solo por probar exclamé “Sí tengo poderes” y allí estaban de vuelta.

No solo son incordio, son mi cruz, mi karma, la causa por la que nunca podré confiar en nadie ni nadie confiará jamás en mí. Aquello por lo que nunca podré ser feliz. La causa por la que rara vez abro la boca. Porque a veces no puedo controlar lo que digo.

–¡Muérete! –le dije a los siete años al compañero molesto de mi clase y, acto seguido, brincó por la ventana del tercer piso. Grité tanto que no se me acercaran que les llevó tres días poder acercarse a mí y encerrarme en un instituto para “personas con capacidades como las mías”.

¿Como la mía? Ninguna.

Todos allí me temen y me lo he ganado.

Los guardias permanentes solo llegaron luego de que me enfureciera y decidiera que lo más práctico era que la persona que me hizo enojar nunca hubiera nacido. Y lo hice. Le arrebaté su existencia en un suspiro. Como jamás existió, nunca me hubieran descubierto, si no hubiera confesado ya que, súbitamente, me di cuenta que era peligrosa y repugnante, que no tenía dominio sobre mis poderes, que me estaba convirtiendo en un monstruo.

Confesé y me auto condené, pero la reclusión era sinónimo de paz mental. No podía convertirme en un monstruo estando amordazada, no puedo ser un dragón si soy mansa como un cordero.

Sin embargo, al volverme dócil volví a todos más confiados. Y pronto se fue la mordaza, mientras no abandonara la burbuja, ¿cuál podía ser el problema? Ellos ingenuamente lo creyeron y yo, aún más ingenua, dejé que lo creyeran.

El problema fue que hice un amigo.

H. tenía órdenes de no hablar conmigo, pero la curiosidad lo pudo pronto al ver que de la nada mi confinamiento se llenaba de golosinas, comodidades y electrodomésticos. Un día me excedí y lo convertí en un mini cine (¡Ey, no iba a perderme el estreno de la nueva temporada de mi serie favorita!).

Compartíamos comida poco sana, conversábamos tonterías y pasábamos las noches entre juegos de azar y maratones de cine. Jamás me preguntó sobre mis poderes, jamás tuve que utilizarlos para persuadirlo de ser mi amigo. Era maravilloso.

Hasta que se lo conté todo.

Él me había contado que su padre acaba de morir de cáncer. Que su mayor sueño era algún día ser descubierto y convertirse en estrella de Hollywood, aunque afirmaba no tener ningún talento. Que escribía poesía y aún lloraba por su perro de la infancia. Que mataría por su madre y su hermanita, y que estaba dispuesto a sacrificarlo todo por su bienestar. Había desnudado su alma, ¿cómo no iba a desnudar la mía? Mi poder es grande, pero no vale más que una vida.

En cuanto lo confesé nos atacaron. Alguien esperaba mi confirmación para atraparme y utilizarme...




Llevo días atada y amordazada en esta sucia celda y no puedo hacer nada al respecto. H. yace demasiado débil y en iguales condiciones en la celda de enfrente. No tengo idea de dónde estamos ni con qué nos noquearon.

–Escucha, princesa –dice el tipo, nuestro secuestrador, un reconocido político en campaña. Hace tres días que está intentando lavarme el cerebro, dándome instrucciones para cuando la mordaza se baje. Entonces deberé decir exactamente lo que él me ha indicado. El muy tarado pretende utilizarme para conquistar el mundo. Sí, el mundo. Aspira bajo, ¿no? Lo peor, es que conmigo de su lado puede hacerlo en un parpadeo y eso es lo que quiero que crea–. Llegó el día y, solo para asegurarnos, no quiero trucos.

Dos matones arrastran a H. hasta sus pies, me mira aterrado y trato de no sobresaltarme. Jefe y matones me dejan ver que poseen varios cuchillos mientras me sonríen con malicia. Creen que me tienen atrapada. Uno de los cuchillos se posiciona en la garganta de H. Siento que voy a vomitar, pero solo los miro con odio.

–Ahora voy a quitarte esa mordaza y dirás lo que ya sabes, o tu amiguito pagará las consecuencias. ¿Lo entiendes? –No respondo, solo lo miro con odio o mi plan jamás dará resultado. Lo siento, H. ¡Lo siento tanto! –. ¿Entendido?

Como no respondo me patea las costillas.

–Córtalo –le dice a uno de los matones, distinto al que sostiene el arma contra el cuello de mi amigo, mientras intento reincorporarme en el suelo. El hombre no titubea y, en solo una milésima de segundo, H. perdió su meñique y se retuerce de dolor.

Debo mantenerme firme.

–¿No lo entiendes aún? –dice, y otro dedo desaparece. Esta vez no puedo contenerme y un grito apagado intenta escapar de mi garganta–. Mientras te sigas pasando de lista, tu amiguito seguirá perdiendo partes hasta que ya no quede ninguna. Así que volveré a preguntarte. ¿Harás lo que te ordene?

Asiento y de alguna forma consigo que una lágrima melodramática corra por mi mejilla.

Solo por si acaso, vuelve a patearme.

–¿Me obedecerás? –asiento como maniática mientras me hago un ovillo en el suelo.

Los matones sostienen a H. con el cuchillo en la garganta, el jefe se acerca a mí, me ayuda a sentarme, cosa bastante inesperada ya que él fue quien me ha pateado y encerrado hasta que ya no pude sostenerme, y me arranca la cinta que cubre mi boca de un doloroso tirón.

I-LU-SO.

–Te… –comienzo, y puedo ver como todos a mi alrededor se tensan–. Te ob…

Finjo debilidad, me agito.

–¡Vamos! –me apura con la cara desencajada y los matones hacen presión sobre la piel de H. hasta que se desprende un leve hilito rojo.

–Lo siento –murmuro mirándolo a los ojos, y él niega enérgicamente con la cabeza, tanto que se hiere más con el arma que tiene en el cuello. Miro a los ojos al jefe, tengo que ser extremadamente rápida–. Te obede… ¡H. tú no estás aquí, estás sano y salvo junto a familia en un lugar en el que jamás volverán a encontrarte!

Lo veo desaparecer mientras aún se retuerce y sigue diciéndome que no lo haga con la cabeza. Se me encoge el corazón.

–¡Imbécil! –exclama el jefe dándome una bofetada. ¿Yo soy la imbécil? ¿YO SOY LA IMBECIL?

–Se alejarán todos de mí –digo entre dientes y los veo luchar contra mí poder mientras retroceden–. Tú, me darás ese cuchillo –le digo al matón que cortó los dedos de H. Se acerca a mí temblando como una hoja y me lo entrega. Esto es innecesario, podría simplemente afirmar que tengo un cuchillo en la mano y ya saben el resto, pero hacerlo del modo convencional me da una extraña satisfacción.

Están tan asustados que ni siquiera intentan huir, se quedan ahí mirándome aterrados, cagándose en sus pantalones, decididos a humillarse y clamar por piedad de ser necesario. Podría matarlos, no sería la primera vez. ¿Qué son estas lacras comparadas con niños inocentes? He extinguido especies enteras, ¿por qué tendría piedad con asesinos? Pero quiero hacer las cosas bien, quiero redimirme. No quiero ser un monstruo.

–Tú –le digo al jefe–. Mañana por la mañana harás públicas tus intenciones, confesarás tus crímenes y te pudrirás para siempre en una celda de máxima seguridad. No habrá soborno ni contacto que valga, morirás allá adentro. De viejo.

Sonrío mientras él se tira al suelo y llora con desesperación. Es patético, hace cinco minutos pretendía esclavizar a la humanidad y ahora llora como un niño al que le quitaron su juguete y lo rompieron.

–Ustedes también confesarán –les digo a los matones, que están pidiendo piedad desde que dicté la sentencia de su jefe–. Será la justicia en su caso quien determine su condena, pero será justa. Ambos recibirán lo que se merecen y pagaran por sus crímenes, por todos ellos.

Les sonrío como si acabara de darles una noticia estupenda.

–En cuanto a mí –digo levantando el cuchillo antes de que me falle la convicción–. Yo seré libre.

Sonrío y es maravilloso que aquellas sean mis últimas palabras. Sacó la lengua y la cerceno de mi boca sin detenerme a dudarlo.

Mientras la sangre comienza a fluir, no siento dolor, solo tranquilidad.

Tal vez muera desangrada. Tal vez me asesinen antes, en venganza por haberles arruinado su plan y haberlos condenado para siempre. Pero ya no soy un arma ni una amenaza. Ya nadie podrá utilizarme para hacer el mal ni viviré aterrada porque mis poderes me consuman.


Por primera vez en mi vida soy libre.





A mí me dolió más que a ustedes, sépanlo.

Me gusta esta historia, tengo que pulir cosas y siento que tiene algunos huecos, pero si ustedes no los notaron yo no voy a decírselos jaja Ya la mejoraré, que la publique acá no significa que sea la versión final, sino que quería cumplir con el plazo de la consigna :)

A la prota la amo. La amo, no tiene ni siquiera nombre pero amé este personaje, me hubiera gustado tener más tiempo para explorarlo más a fondo y poder conocerlo mejor ♥

Como les dije arriba, hacía AÑOS que tenía esta idea en mente pero nunca pensé en concretarla, menos en forma de relato.

¿Vieron la típica pregunta boba de "Si tuvieras un super poder, cuál sería"? Bueno, yo siempre dije lo mismo: tener razón siempre.

Es porque soy testaruda y competitiva, supongo jaja pero en mi cabeza era el poder entre poderes, porque era tener un millón de súperpoderes en uno. Teniendo siempre razón podía ser invisible, volar, leer mentes y todas esas respuestas que uno usualmente le da a esa pregunta de test de revista para chicas.

La cuestión es que hace un par de años (muchos menos que los que llevo contestando "tener razón") dije: "Pero sería una re mieeeeeeeeeerda tener siempre la razón" y ahí no más apareció esta chica marginada sin nombre en mi mente.

En fin, la historia de la historia.

Espero que les haya gustado, no sean muy duros conmigo y se unan a BUA para participar del relato del próximo mes ;)

Si quieren hacerme feliz, por acá encuentran más relatos míos. Me gusta mucho escribir cosas humorísticas, también me gusta experimentar y, como dije arriba, salir de mi zona de confort, así que hay una mezcla interesante de relatos :3

¡Buen miércoles! 

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Soy Meli

Amo los libros, los días de lluvia, el café, viajar, los libros, los animales, Sailor Moon, escribir, los libros y los libros. La literatura es mi pasión y por eso elegí dedicarle mi vida: soy editora de ficción juvenil, autora y blogger.
Lee.Sueña. Vuela nació hace más de una década y es mi mayor y mejor proyecto.

¡Bienvenidos todos y espero que lo disfruten!



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