¡Hola! Este blog ya no será actualizado, para leer reseñas de novedades, hablar de libros y frikear PUEDEN ENCONTRARME EN @VESTIDADEFANTASMA :)

Lee.Sueña.Vuela

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¡¡Hola, hola!!

¿Cómo están pequeños míos? Yo feliz de estar de vuelta (mentira, cada vez que me voy de viaje sufro una crisis existencial de solo pensar en volver jajaja) pero ya tenía muchas ganas de bloguear.

Además, no solo volví yo de mis vacaciones, ¡sino que volvió Adictos a la escritura y todo es demasiado bello! Por poco no participo, porque hice un excelente trabajo yéndome bien lejos y olvidándome de todo. Pero me bella amiguchi Stef de Mi reflejo en el papel me recordó que hoy era la fecha de entrega y como tenía un relato atravesado en la garganta, decidí hacer el intento. Como realmente estaba luchando porque lo dejara salir, en media horita ya estaba todo listo.

La temática era el invierno, porque en el hemisferio norte siempre se olvidan que acá no es invierno en enero (jamás olvidaré a esa lectora que me discutió a muerte una vez este tema jajaja) y que con 40° no nos inspiramos muuuuucho a escribir sobre frío, calidez y esas cosas bellas. Pero mi relato justo tiene un poco de las dos estaciones, así que no fue mucho problema:



INVIERNO


No son ni las diez de la mañana y ya hace un calor para morirse.

Es el toque característico de nuestras fiestas decembrinas: temperaturas asfixiantes, humedad asesina y vapores de comidas demasiado calóricas para este clima.

Mientras todos nos apilamos en un retaso de sombra, una señora halaga con brío mi pelo. Solo le sonrío porque nunca sé cómo reaccionar a los halagos, pero por dentro le doy la razón: me levanté con el pelo fantástico hoy, tanto que decidí no atarlo, a pesar del bochorno, para ir hasta la puerta del consultorio del médico, a esperar bajo el sol por un par de recetas para mi abuela.

Hay mucha gente y se fijan en mí porque soy joven, porque mi pelo tiene vida propia y porque tengo algo en mi aura que hace que le agrade de sobremanera a los ancianos. Es que solo dos tipos de personas nos amontonamos en un día como aquel en la puerta del consultorio: ancianos que no tienen más alternativa que aventurarse con el calor asesino para obtener la receta a aquel remedio que necesitan con desesperación (o por habito) antes de las fiestas y familiares de ancianos, como yo, que tienen la suerte de que alguien se aventure por ellos para ahorrarles el tedioso momento. Sin embargo, soy la única persona allí con menos de seis décadas. 

La conversación, sumida en sudor, no varía ni cuando la cola avanza y llegan nuevos pacientes a reemplazar a los afortunados que ya se fueron: el calor, por supuesto. La inflación, que crece con la temperatura, aunque el gobierno lo niegue. Los platillos que están preparando para las fiestas, que parecen inmunes a los precios. Reniegos conyugales, teñidos de hilaridad y ternura, de la certeza de que no cambiarían por nada aquellos cuarenta, cincuenta años de matrimonio quejándose de las mismas cosas, del miedo a pronto no tener de que quejarse. De que aquellas quejas se conviertan en una nostálgica anécdota. Y, ni hay que decirlo, la enfermedad, las nanas y ñañas que los llevan a la puerta del consultorio de un médico en víspera de Navidad con cuarenta grados a la sombra y una secretaria horripilante que no nos permite esperar adentro porque "el doctor no está atendiendo".

Todo esto para volver al calor, en un círculo vicioso, como si fuera novedad que en verano la tierra arde.

Siempre odié el verano.

El tufo. La humedad. Los mosquitos. Las charlas banales. Los días perdidos. La hipocresía festiva. Los saludos sudados. La presión baja. La presión más baja. La gente volviéndose loca y llenándolo todo para comprar regalos. La tele mostrando la temperatura creciente en primer plano, con culos enfundados en bikinis en segundo. Las hormonas alterándose con los calores. El pegote sudoroso que comprende la menor muestra de cariño. Las revistas colmando sus titulares de celebridades en parajes paradisíacos a los que la mayoría de nosotros no puede acceder y cuya simple visión provoca solo más calor.

Todo es irritable y más pesado en verano, por eso siempre amé el invierno.

El aire frío. Las bebidas calientes. Libros al lado del fuego y desayunos en la cama mientras llueve por la ventana. Calidez de hogar, abrazos infinitos, bufandas y mejillas sonrojadas. La ciudad gris y desapacible tornándose cálida, narices frías, besos en la Plaza de los Dos Congresos. El viento en el pelo, meriendas llenas de risa, complicidad, sueños y cariño. Naves volando alto hacia el futuro.

Sinónimo de calidez y cosquillas, amplios horizontes y poesía.

O lo amaba, hasta que tres palabras me robaron al invierno.

Y ya no fue risas y planes. Fue lágrimas y mentiras. Fue consciencia de irrelevancia y naves estrelladas. De sueños hechos tiritas. De plazas ventosas y grises. De café amargo y soledad. De ser indispensable, una pieza reemplazable. De haber sido utilizada como un objeto sin emociones ni sentimientos. 

Odio el verano, lo odio con todas mis fuerzas. Pero no puedo tolerar que sea invierno, concluyo mientras por fin toca mi turno y la secretaria hostil y malhumorada me alcanza mis recetas (recetas que en su desgano e indiferencia siempre hace mal), ya no puedo tolerarlo.


No es lo que típicamente escribo y no quería volver al blog con algo tan bajón como esto. Pero consideren a este relato un vómito, un hashtag Soltar, el primer paso para mi súper objetivo del 2017: dejarlos leer más lo que escribo o mis sueños de publicar algún día van a estar en el horno si no dejo que la gente me lea jajaja

Y nos leemos súper prontito ;)

P.D: Les prometí el resultado del concurso Noche de Luz hoy, pero la editorial aún no me responde el mail aprobando a los ganadores, así que no hay nada que yo pueda hacer. Con suerte los conoceremos mañana :D
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¡Hola, muñequitos malditos!
Sí, me estoy quedando sin gentilicios y adjetivos colectivos inventados para decirles, pero que no se note que nos quedan solo dos noches de Halloween :D

Volvió Adictos a la escritura y la consigna de este mes era escribir un relato de terror por Halloween.



Bien, como saben que me encanta hacer introducciones a mis historias, porque me relaja y asesina el impulso autocritico e inseguro de no publicarlas nada, les voy a contar que esta tiene un contexto y que nació antes de leer la consigna. Hace unas semanas me topé con un libro que desconocía: We Have Always Lived in the Castle de Shirley Jackson, el titulo me llevó a imaginar de qué iría la cosa, sin embargo al leerlo no me encontré con la historia que esperaba sino con una completamente diferente. El libro es muy bueno, excelente, pero me quedé con las ganas de leer la historia que me había imaginado y pensé en buscar libros con temáticas similares.  Entonces tuve un momento de lucidez y dije “¿por qué no la escribo yo?”  Empecé a hacerme preguntas que le dieron forma al cuento y después Adictos me dio la excusa perfecta para escribirlo.

Vamos a ver cómo salió:

 

Siempre han estado aquí


No sabemos quiénes son, pero siempre han estado aquí.

A veces, cuando despiertas a la media noche y encuentras a alguno de ellos observando tu sueño desde los pies de la cama, con sus ojos gigantescos, sus cabellos lánguidos y sus blancos camisones, resultan aterradores. Pero son inofensivos, o eso creemos.

“–¡Mamá, me dan miedo!
–Nunca te harán daño...
–¿Qué hacen aquí?
–No lo sé, siempre han estado aquí.
–¿Qué quieren de mí?
–No lo sé, les gusta observar.
–¿Pero quiénes son?
–No lo sé, siempre han vivido aquí”.

No sabemos quiénes son, qué quieren ni de dónde vienen, siempre han estado aquí.

No sabemos qué hacen, por qué nos observan, ni cómo han llegado aquí. Porque siempre han estado aquí.

“–¿Y cuando la abuela era pequeña?
–Siempre han estado aquí.
–¿Y cuándo su abuela era pequeña?
–Siempre han estado aquí.
–¿Pero desde cuándo están aquí?
–No lo sé, siempre han estado aquí.
–¿Nunca se han preguntado qué hacen aquí?
–Claro que no, siempre han vivido aquí”.

Sí, son un poco aterradores, pero inofensivos. Jamás nos han hecho daño y eso que siempre han estado aquí.

Se aparecen de sopetón en los pasillos o detrás de ti mientras te peinas en el espejo. Corretean por la casa y se chocan los muebles y las paredes. Se descuelgan de las escaleras y de las vigas del techo. No hablan nunca, pero a veces sonríen… y no me gusta cuando sonríen.

Nunca han intentado tocarnos, pero su cercanía produce cosquillas en la nuca. No juegan entre ellos, pero siempre parecen divertirse. ¿Divertirse a costa de nosotros?

No sabemos si son hombres o mujeres.

Se comen a las ratas, y tal vez a los murciélagos, una vez uno me sonrió con una cola entre los dientes. Todos están tan acostumbrados a su presencia que ya los consideran parte del mobiliario de la casa. Yo, en cambio, siempre pensé en ellos como gatitos crecidos.

“–¿Son nuestras mascotas?
–Claro que no.
–¿Somos sus mascotas?
–¿Por qué creerías eso?
–¿Qué es lo que quieren?
–No lo sabemos.
–¿Qué hacen aquí?
–Siempre han estado aquí”.

No les gusta dormir, les gusta observar, brillar pálidos a la luz de la luna. Nunca salen de la casa pero los he visto observar como con nostalgia tras la ventana la bruma del amanecer.

Les hablas y no responden, solo sonríen con su sonrisa bobalicona. Te observan pero no te miran. Siguen tus pasos pero nunca chocan con tus pies.

Una vez toqué uno, fue como tocar una nube de tormenta.

“–¿Es que son idiotas?
–¿Por qué dices eso?
–¿Es que son mudos?
–Tal vez no tengan nada para decir.
–¿QUÉ HACEN AQUÍ?
–Siempre han vivido aquí”.

Un día quise invertir los papeles, seguí a uno de ellos y me condujo al viejo altillo. Allí, paralizados y en hileras, había cientos. Todos iguales, todos calcados. Rígidos y frágiles como figuras de sal.
Fue espeluznante.

“–¿Duermen así?
–No lo sé, no vuelvas a seguirlos.
–¿Viven allí?
–Claro que no, viven aquí. Siempre han vivido aquí”.

Pero no iba a rendirme. A falta de respuestas quedaba pagarles con la misma moneda. 

Ahora los sigo de cerca y nunca los miro a los ojos. Cuando se aparecen detrás de mí en el espejo, me dibujo una sonrisa boba en los labios e inclino la cabeza a un lado para mirarlos con gesto gentil y ausente.

Me les aparezco en los pasillos, me cuelgo junto a ellos en las escaleras. Paso noches enteras en vela, sosteniéndoles la mirada, observándolos mientras me observan. Al amanecer cierro las cortinas para que no puedan quedarse embobados con las luces del alba.

Nada de esto parece molestarlos, pero… ¿quién sabe? Tal vez algún día alguno de ellos reaccione. Mientras tanto, me divierto intentándolo.

¿Que quiénes son? No lo sé, siempre han vivido aquí.


_____________________________________________

Exactamente ESO creí que iba a encontrarme, figuras creepies que constituyeran un misterio sin respuestas. Fue tan claro que fue un gran QUIERO. Y si bien me decepcionó que el libro no tuviera absolutamente nada que ver con el cuento, me alegro de que fuera así, o no podría haberlo escrito. 

Antes de irme, les cuento que la imagen de estas... ¿personas? que siempre vivieron ahí es tan increíblemente nítida en mi cabeza, que intenté dibujarlos. Groso error, ya que no puedo hacer una línea con regla, y, bueno, esto:



Igual se acercan bastante. 

Puedo decir que en mi cabeza son una suerte de mezcla entre el fantasma de la chica de Dark Shadows del gif de arriba, la Staring girl de Tim Burton, Mama, y Las Brujas de Roald Dahl. Confío en que ustedes mezclen los atributos como más les guste :P


¡¡¡FELICES 12 NOCHES DE HALLOWEEN!!! :D

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Después de tomarme un descanso el mes pasado, vuelvo a la carga con mi relato para Adictos a la escritura de abril. Esta vez el ejercicio consistía en elegir uno de los personajes "prefabricados" que nos daba la consigna y escribir un relato en torno a él.

Elegí a Gálavich, el troll que vive bajo un puente.

Aunque me sentí un poco limitada porque los personajes ya tenían nombre y eso no me gustó (para mí uno no nombra a los personajes, ellos se nombran a sí mismos y es un proceso delicado), estoy bastante contenta con como quedó.

Tenía ganas de salir un poco de mi zona de confort, de hacer algo distinto, usar tiempos verbales, personas y modos gramaticales que normalmente no utilizo. Quedó una mezcla rara que me gusta bastante. Tiene cierto ritmo, y me gusta mucho eso. Siempre evito las rimas pero en este caso me divirtió jugar con los sonidos y las repeticiones.

También me tomé grandes licencias sobre la naturaleza de los trolls. Los míos son hermosos. Hay algo poético y repugnante en la idea, me encantó la imagen cuando me vino a la mente.No quería caer en lo obvio, quería darle un enfoque más trágico, romántico y macabro. Incluso despreciable:



Gálivich

La había amado con locura.

Le había perdonado la vida.

Había abandonado el lodo y la sangre por ella, se había envuelto en ropajes de hombre, había desafiado su naturaleza, había apresado sus instintos en lo más profundo de su ser.

Había aparecido después de la masacre. Había algo extraño en sus modales, pero era esbelto y elegante, y al fin y al cabo solo querían contratar un paje.

Lo había obnubilado con su belleza, era su turno de obnubilarla a ella.

Se le había acercado con delicadeza, la había cortejado con tímida paciencia.

Habían intercambiado promesas, se habían besado a la tenue luz de las estrellas.

Fue el brillo de sus ojos de loco enamorado el que había hecho que ella lo descubriera.

¡Era él! Él había interceptado en el puente su carruaje, había asesinado a su chofer, a su doncella, a su paje. Se había desecho del lodo y los harapos, pero el brillo… pero el brillo en sus ojos.

La había arrancado a la fuerza del carruaje, la había sacudido, la había maltratado y entonces… la había mirado.

Había titubeado.

Se había marchado.

La había liberado.

Reprimiendo las náuseas ante el descubrimiento se le había acercado, y olvidando la altura de su noble cuna, con despreció algo en su oído había susurrado.

Él había vuelto al pantano. A su lodo, a su sangre, a sus pilas de huesos y joyas. Con su naturaleza liderada por su corazón roto, había vuelto a la matanza y la cacería. Repitiendo aquellas últimas palabras que le había dirigido como una letanía.

«La belleza no es para salvajes», repetía.

«La belleza no es para salvajes», cada vez que un carruaje acercase oía.

«La belleza no es para salvajes», cada vez que le abría el cuello a un paje.

«La belleza no es para salvajes», cada vez que devoraba hasta el tuétano de los huesos de una doncella.


«La belleza no es para salvajes», repetía, esperando el día en el que por fin su carruaje se detendría. Aterrada, sería ella quién por la ventana asomaría. El reconocimiento brillaría en sus ojos, pero esta vez… esta vez su torpe corazón no se interpondría.

Esta vez la devoraría.


Para mi gusto, aunque el resultado es el que quería, le hace falta pulirlo un poco. Entre la universidad, las Jornadas profesionales en la FIL y la charla que doy... ¡HOY! :D mi vida es un caos, así que no voy a ponerme pretenciosa, estoy feliz de haber podido escribir algo y me gustara, en tiempo récord y poder publicarlo el día que corresponde  ^^


Hablando de la Feria del Libro, hoy a las 18:30 hs, en la Carpa Exterior del Pabellón Azul, los espero junto a los chicos de BUA:




Es un honor dar una charla en nada más ni nada menos que La Feria Internacional del Libro, estoy muy ansiosa, muy nerviosa, pero por sobre todas las cosas muy orgullosa de este equipo. Trabajamos mucho y acá estamos. Me hace muy, muy feliz. ¡Espero verlos! Siempre es genial conocer a mis lectores. Grandes amistades han surgido de esos encuentros, y espero que sea algo que no termine nunca.

Me puse sensible, así que dejenme agregar que los quiero ❤ y que espero que les haya gustado el relato :)

¡Buen sábado a todos y espero ver a algunos en unas horas! :D

EDITO: este relato fue escogido como el mejor de abril 2014 en Adictos a la escritura. ¡Miles de gracias por el reconocimiento! Me hace mega feliz :)


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¡Hola, hola!

Este es mi relato para Adictos a la escritura de octubre, estoy muy contenta de que el grupo haya vuelto a la acción porque me hace escribir aunque sea un poco todos los meses, incluso cuando creo que no tengo tiempo para hacerlo. También, porque soy tan insegura y auto critica escribiendo que realmente disfruto tener una excusa para animarme a dejarles leer lo que escribo.

Este mes tocó el terror.




De chica amaba los relatos de miedo, leerlos y escribirlos, pero después descubrí que me sentía mucho más cómoda escribiendo historias realistas y, yendo al otro extremo, que el fantasy era mi elemento. Así, entre dramas del mundo real y aventuras en mundos fantásticos, el pobre terror quedó recluido. Cada tanto me llegaba alguna idea, pero siempre moría en un cajón. Por esa razón, realmente creí que no iba a salir nada en este ejercicio. Pero me equivoqué y con ayuda de viejas anotaciones que descansaban (en paz) en algún cuaderno olvidado, cuando quise acordar tenía tres relatos peleándose por ser publicados acá hoy.

Me dejo de bla, blas y, sin más desvaríos de chica loca, el relato del mes:

LA ABUELA

Mary estaba parada delante de su tumba. ¡Su tumba! ¡Qué locura! Solo que aquella no era su tumba, no había forma de que lo fuera porque ella estaba vivita y coleando. No importaba lo que dijera la placa:
María Paula Racola

1949-2001

“Sus amados hijos y su querido esposo la recuerdan con cariño”
La recuerdan con cariño, ¡pedazo de papanatas! ¡Si ella no estaba muerta! Pateó el suelo en un atisbo de rabieta y el dolor en la uña encarnada del dedo gordo le confirmó que aún sufría los penares de la vida.

Todo empezó cuando fue a renovar su carnet de la obra social, temprano a la mañana.

––Usted está muerta, abuela ––le dijo el empleado detrás del escritorio––. No se lo puedo renovar…

––Mmm… Abuela ––se ofendió Mary. Que sus nietos le dijeran abuela, vaya y pase, pero ¿ese mal educado? ¡Qué se creía!

Salió rezongando, no podía perder tiempo con ineptos impertinentes, tenía que ir hasta el mercadito antes de volver a casa. Era el cumpleaños de Arnoldo (el querido esposo que la recordaba con cariño) y como siempre había organizado cena con todos sus amigos, total, la esclava cocinaba. Eso sí, para su cumpleaños el señor no movía ni un dedo. ¡Años sin sacarla a cenar a ningún lado! Ese Arnoldo desconsiderado, egoísta y… y… ¿Qué era lo que tenía que comprar? Crema de leche, azúcar impalpable y esencia vainilla (para hacer crema chantilly, porque eso de comprarla ya hecha era una barbaridad, una herejía, ¡puro químico! Cualquier mujer que no batiera su propia crema, no era digna de confianza.)

––Disculpe, señora ––le dijo el muchacho de la caja en el supermercado––. Va a tener que irse, está alterando a los clientes.

¿AL-TE-RAN-DO-A-LOS-CLIEN-TES? ¡Dónde se había visto semejante desfachatez! ¡La intolerancia hacia los ancianos debía acabar! ¿Por qué el gobierno no hacía algo al respecto? Está bien que ella hacía ya años que no votaba, pero aún así seguía teniendo derechos, ¿no?

Se lo dijo al empleado.

––Sí, abuela ––le respondió––, los ancianos tienen derechos, pero usted está muerta.

«Mmm… abuela», pensó Mary. Y sí, había adelgazado unos kilitos y los años no venían solos, pero de ahí a confundirla con un muerto… ¿Dónde había quedado el respeto a los mayores? Ya la tenían cansada tratándola de cadáver insepulto. Tenía que acabarse aquel disparate. Con paso decidido se olvidó de la crema y salió derechito al cementerio.

Y así volvemos al comienzo. En el lote que –siempre tan prevenidos– habían comprado con Arnoldo, había una tumba. Esa tumba, tenía un nombre. Ese nombre, era el suyo. ¡Pero ella estaba bien viva, señores! ¡No iba a tolerar semejante ultraje! ¡Iba a hacer la denuncia a la policía!

––Hay un muerto en mi tumba ––le dijo al oficial, que la observaba desde su escritorio con los labios sellados y los ojos fruncidos––, y ese muerto no soy yo. ¡Quiero denunciar usurpación de última morada!

––No puedo hacer nada por usted ––le explicó tras chequearlo en la computadora––. No podemos tomarle la denuncia a individuos sin pulso y usted lleva muerta doce años, abuela.

––¡Ja, abuela! ––rugió Mary y se dio por vencida porque estaba cansada. ¡Ni con la policía se podía contar ya! ¡Qué individuo sin pulso ni individuo sin pulso, eran unos vagos absolutos!

Volvió a su casa sin las cosas para la crema chantilly y con los pies reventados.

––¡Ay, Arnoldo! ––dijo entrando a la cocina––. ¡No sabes que mañana más larga tuve! Vas a tener que disculparme, pero este año la torta va a ser sin crema. Mejor, este año el cumpleaños va a ser sin torta. No estoy para andar cocinando, ¡no doy más de las piernas!

––¡Ay, Mary! ––exclamó el estupefacto Arnoldo, volteándose con una taza de café a medio servir en la mano––. ¡Otra vez! ¿Cuándo lo vas a entender? ¡Te moriste, Mary! ¡Te moriste! ¡Entendelo de una vez y volvéte la tumba que me estás llenando la casa de olor a muerto!

Entonces Mary… se acordó.

Ah… sí, sí estaba muerta. Arnoldo tenía razón. Muerta desde hacía tanto que a veces se olvidaba. Pero Arnoldo… Año tras año más mal educado ese Arnoldo. Si fuera al revés y él no se olvidara de su cumpleaños ni de muerto, ella estaría chocha de la vida. Pero el señor no. Siempre un quisquilloso mal agradecido.

«El próximo año» se dijo mientras volvía a su tumba, «ni me molesto. Me voy a quedar jugando a la canasta con ese monje divino que está enterrado justito abajo mío y, a Arnoldo, que salga a saludarlo su abuela».


Tres cosas, antes de dejarlos ir. Lo voy a poner en letra más chiquita así parece menos :P
1) Si la personalidad de Mary les recuerda a alguien que conocen, es mera coincidencia y PARA NADA está inspirada en mi propia abuela. ¡PARA NADA!
2) Sé que no da miedo. No pretende dar miedo. Quise hacer algo distinto, más bien bizarro que de terror y me gustó en general (pero no del todo) como quedó esto.
Además, me gusta hacer reír y son pocas las oportunidades que se me presentan de escribir cosas hilarantes.
3) Este relato tiene un background: estaba mirando las noticias alguna vez y vi a una mujer con su certificado de defunción en la mano, quejándose de que -por supuesto- ella no estaba muerta. Hasta pasaron su tumba y hablaron de su entierro. Fue una estafa, o algo mundano y feo por el estilo. Yo preferí pensar que la señora de verdad estaba muerta, pero no se acordaba. Y tuve que correr a anotar mi final alternativo, porque DEFINITIVAMENTE tenía que hacer algo con eso.
Nota al pie (?): creo que es la primera vez que escribo algo con tantos argentinismos, me resulta rarisimo leerlo.

Ahora sí, los libero. Sé que van a tener pesadillas conmigo hablando sin parar (porque, claramente, alguien que escribe tanto habla cerca del triple jaja). Tenía mucho que decir de este cuento, ¡no sean malos! :P


¡¡¡¡FELICES DOCE NOCHES DE HALLOWEEN!!!!

Y nos vemos mañana con el cierre del especial ^^

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¡Hola, holaaaaaa!

¿Cómo están? Yo emocionada porque volví a escribir para Adictos después de un par de meses y no solo estoy contenta con el resultado (aunque tuve que cortarlo porque... bueno, el límite era de tres páginas y a mí me llevó SIETE jaja me copé), sino que me divertí MUCHÍSIMO escribiéndolo. Y como para que no, la consigna era GENIAL: se llama el Personaje entrometido y consiste en escribir un relato en el que un personaje literario se cuele en la historia para complicar las cosas.

Como eso de seguir reglas que limiten mi imaginación no es realmente lo mío, por ahí, poooooor ahíiii en mi relato se cuela más de un personaje, no sé.

Sin más blablas:




We' re all mad here


Todo comenzó por la mañana cuando Dalia atravesaba apresurada el andén para ir a trabajar. Un pequeño mal vestido y despeinado se acercó a ella blandiendo un boleto manoseado.

–Disculpe, señorita… –le dijo señalando con timidez su pasaje–, ¿podría decirme dónde queda el andén 9 ¾?

≪Vaya graciosillo≫, pensó Dalia. Como si no hubiera visto el vídeo viral en Youtube, si no le seguía el juego el niño la volvería loca a preguntas y tenía una reunión con el nuevo abogado de su compañía, no podía darse el lujo de llegar tarde, así que…

–Claro –le dijo, el niño la miró ansioso y agradecido detrás de sus anteojos rotos–. Corre hacia la pared entre los andenes nueve y diez, y no te detengas. ¡No vas a estrellarte! Te lo aseguro.

El pequeño se lo agradeció aliviado y ella no supo si sentirse culpable o lamentarse por estar demasiado apurada y no poder quedarse a ver como el chico se rompía la nariz contra el muro.

El tren venía abarrotado como de costumbre, la multitud la arrastró hacia el fondo y quedó parada junto al asiento que ocupaba un hombrecito rechoncho con cabeza de huevo y un ridículo bigotito.

–Disculpe, mon amie –dijo el hombre sonriendo, cuando notó la mirada de Dalia en él–. Su rostro tiene un je ne sais quoi que me resulta familiar. ¿Ha estado alguna vez en Styles Court en Essex? –Ella se limitó a negar con la cabeza–. Eh, bien. Será que las células grises comienzan a fallarle a este viejo –lo dijo con una sonrisa casi burlona, cargada de simpatía.

–¿Es usted francés?

–Belga –se apuró a responderle, casi encimándose a su pregunta. Su gesto mutó y se tornó más serio y meditabundo–. ¿Toma este tren con frecuencia? –dijo de repente–. ¿Qué hacía la noche en la que Mistress Kettering fue asesinada en su camarote?

Dalia decidió que era hora de perderse entre la multitud y alejarse lo máximo posible de aquel simpático lunático.

¿Por qué le sonaba tanto?

Creyó que en cuanto llegara a la oficina su día se calmaría, pero no fue así. En el cubículo que estaba frente a su oficina había un nuevo empleado holgazaneando. Era rubio y estaba como un tren. Una pena que fuera a durar poco porque era un regalo a la vista. Estaba recostado en su silla con descaro y tenía los pies sobre el escritorio. No le quitaba los ojos de encima, y eso la incomodaba y halagaba en partes casi iguales.

Trató de ignorarlo, e iba bastante bien hasta que levantó la mirada y vio como hacía aparecer una perfecta rosa roja entre sus manos y la hacía bailar entre sus pálidos dedos, sin dejar de mirarla. Descarado e irreverente. ¿Quién había contratado a ese pelmazo? ¿Es que nadie veía que no estaba trabajando?

Tuvo que ahogar un grito cuando bajó la mirada para volver a su trabajo y descubrió la rosa en su escritorio.

Se alegró de que su jefe la llamara para la reunión con el nuevo abogado antes de que le diera un ataque de nervios.

–El nuevo abogado, sígame –dijo al pasar por la recepción y ver a un par de hombres esperando allí. Un extraño muchacho demasiado pálido y casi asustado se puso de pie y se acercó a ella a grandes pasos–. Bienvenido, señor… señor…

¡Maldición! Otra vez lo había olvidado.

–Harker –dijo él con un marcado acento–. Jonathan Harker.

–Por supuesto –le sonrió ella tratando de disimular que la había dejado con la mano extendida en un intento de saludo no correspondido.

–Verá –dijo el muchacho yendo al grano–, lo que mi cliente, el señor Dra…

–¿Señorita? –dijo un pelón que apareció junto a Harker y la miraba con sorpresa y preocupación–. ¿Se encuentra bien?

–S…. ¿sí?

–Soy el señor Whitby, me estaban esperando.

–Por supuesto –dijo Dalia recordando que ese era el nombre del abogado–. Por aquí, señor –agregó sin poder quitarle la vista de encima a Jonathan, que parecía bastante ofendido al verse ignorado. No se sintió tan bien como creyó al cerrarle la puerta en la cara.

Algo estaba tremendamente mal. Tuvo que pedirse el resto del día e irse a casa, no se sentía con la estabilidad mental suficiente para continuar así toda la jornada.

Un tipo cubierto en gibre la miró como si el mundo fuera a acabarse con sus bellísimos ojos dorados cuando le robó el taxi que aparentemente no se decidía a montar. Una pena lo del gibre, parecía bastante guapo bajo todo ese brillo.

Lástima que definitivamente algo iba mal con el mundo.

Un conejo de terciopelo remendado cruzó por el paso peatonal unos segundos antes de que arrancara el coche, a unas pocas cuadras casi atropellan a una niñita con un ridículo delantal y un perrito bajo el brazo que caminaba siguiendo la línea amarilla del medio de la calle. En el camino vio a un tipo convertirse en un Collie y saltar feliz a una camarera, a un niñito pintando una cerca mientras otros dos holgazaneaban a su espalda, a un chico cubierto de pieles y con cara de desorientado que caminaba junto a un inmenso lobo blanco y a un pelirrojo que le sonrió, seductor y con picardía, desde una esquina. Sus ojos tenían un feérico no sé qué y llevaba un laúd colgando de su capa verde roída.

Sus opciones se redujeron a cerrar los ojos el resto del camino o ponerse a gritar como histérica. Los abrió solo para pagar el taxi. Fuera, un tipo guapo pero de mirada adusta le ofreció la mano para ayudarla a bajar. Dado su deplorable estado mental aceptó la ayuda. La mirada dura del tipo pareció ablandarse cuando rozó sus dedos, pero al soltarla limpió su mano contra su ropa. El muy antipático llevaba una maldita levita.

–¿Cariño? –dijo al entrar a su apartamento. Su novio, Elliot, murmuró algún hola detrás del cómic que estaba leyendo–. ¿Has visto algo extraño hoy?

–Emmm… nope –esta vez le prestó atención porque lo preocupó el tono de su voz–. ¿Por qué? ¿Qué ocurre?

No podía decirle la verdad, creería que estaba loca y tendría razón. Lo más probable fuera que estuviera incubando algo y tuviera fiebre, mucha fiebre.

–Nada… –comenzó a decirle pero, al volverse hacia él, en el umbral de la puerta vio a un maldito cuervo mirando directamente hacia su alma. Entonces gritó más fuerte que nunca en su vida.

–¡Qué ocurre! –exclamó Elliot, saltando del sillón.

–¿Es que no los ves? –El sombrerero acababa de aparecer junto a él, bebiendo literalmente media taza de té.

–¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? –le dijo sonriente, ofreciéndole la taza.

–¡Los personajes literarios, Elliot! –gritó Dalia sacada–. ¡Están por todas partes!

–¿Q…qué? Por favor, cálmate.

–¡Están por todas partes! ¡Dime que los ves! ¡Por favor, dime que los ves! Hay un maldito elfo domestico sacando los platos del lavavajilla en este momento. ¡Dime que lo ves!

El chico miró hacia esa dirección, en vano.

–Dalia, me estás asustando. Si es una bro…

–¡No! ¡Escuchame! ¡Mr. Darcy acaba de abrirme la puerta del taxi! ¡Poirot trató de interrogarme y… ¡Oh, Dios mío! ¡El pobre Harry debe estar con la nariz rota en algún hospital muggle en este momento!

–Dalia, ¿es otro de esos juegos de rol? ¿Un desafío de tumblr? ¿Estás filmándome verdad? ¡No quiero ver esto en Youtube, maldita seas!

Ella estaba ocupada intentando ignorar todas las lechuzas que, tras la ventana y a lo largo de toda su calle, miraban hacia su casa.

–Elliot, Howl Pendragon trató de seducirme en el trabajo.

Su novio le dedicó una sonrisa torcida y burlona.

–¿Acaso lo deseaste demasiado? –se mofó.

–¡No oses… –un nuevo grito interrumpió su reprimenda. Estaban por todos lados.

–Flotan, todos flotan –dijo el payaso que asomaba del fregadero.

–¡Oh, Toto! –lloriqueó Dorothy–. ¡Creo que ya no estamos en Kansas!

–¡Feliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiz, feliiiz no cumpleaños! –cantó la Liebre de marzo.

–Las células grises, las células grises –reía Poirot–. ¿No es gracioso, mon amie?

–¡Es Le-vi-O-sa! –la corrigió Hermione.

–¡No soy un cobarde! –gritó Howl, haciendo que su cabello cambiara de color.

–¡Nunca más! –graznó el cuervo.

–¡BASTAAAAAA! –bramó Dalia al torbellino que se arremolinaba en torno a ella–. ¡Vuelvan a sus libros! ¡Vuelvan a sus malditos libros! –Comenzó a correr a lo largo de su biblioteca arrancando libros de los estantes y haciéndolos volar por los aires mientras gritaba–. ¡VUELVAN A SUS MALDITOS LIBROOOOOOOOOOOS!

Dorian Gray le sonrió lascivo desde un rincón y levantó su copa hacia ella.

–¡Qué le corten la cabeza! –pidió furiosa la Reina roja.

–Mi padre se enterará de esto –seseó Draco. 

–Mi vida era como una noche sin lu… –comenzó Edward antes de que el señor Grey entrara en la habitación con paso firme, chasqueando un látigo en sus manos e interrumpiéndolo.

–Tengo un trato para ti –dijo.

–¡Oh, nooo, cariño! –exclamó Dalia–. ¡Aquí te tengo tu contratito!

Le aventó un libro y vio con placer como le daba en medio de la frente y lo volteaba.

–¡A sus libros ya mismo, fenómenooooooooos! –gritó con todas sus fuerzas, que ya no eran muchas.

–¡Cariño! ¡Cariño! –gritaba Elliot sujetándola por los hombros. Lo último que vio antes de desvanecerse, fueron sus ojos desorbitados de terror.


–¿Crees que el tratamiento está dando resultado? –preguntó su psiquiatra unas semanas luego del colapso.

–Por supuesto –aseguró Dalia.

–Entonces podríamos considerar reducir la dosis de la medicación. Antes debes asegurarme que no volverás a permitir que el estrés te supere de semejante manera. ¡Estos jóvenes de hoy en día creen que son superhéroes! Prométeme que te tomarás las cosas con calma, nada de trabajo ni libros por una temporada. ¡Y ni se te ocurra salir de fiesta con Lizzie Bennett esta tarde!

Dalia fingió que aquello le causaba risa.

–¿Me lo aseguras?

–Por supuesto –murmuró Dalia, tratando de ignorar como Cheshire se acurrucaba en la cabeza de su psiquiatra. ≪Todos estamos locos aquí≫ dijo el gato en su cabeza, antes de desvanecerse por completo, a excepción de su brillante sonrisa–. Se lo aseguro –sonrió. 





Todos los que mencionen a los personajes que aparecen pero cuyos nombres no son mencionados, no se ganan nada pero me van a hacer sonreír.

Y sí, la escena de Darcy es de la película del 2005. Amo esa escena, ni ustedes ni nadie iban a impedirme que la parodiara.

Y sí, y sí, no se podía escribir sobre Poirot sin aclarar que es belga ni decir Mon ami/e, eh, bien y células grises al menos ocho veces por oración. ¿Qué tipo de fan de Agatha y Hercule sería? (otro juego, ¿en qué caso creen que quería implicar Poirot a Dalia? :D)

Y sí, y sí, y sí me di el lujo de bajar a Mr. Grey de un librazo. Ustedes no tienen ni idea el placer malvado que sentí jaja

En fin, me divertí mucho en serio. Eran las cinco de la mañana y yo seguía despierta pensando referencias que ponerle.

Y en fin del en fin, el primer personaje que se me vino a la mente para hacer esto fue obviamente mi favorito de la literatura entera, o sea, Lestat. Regodéense de placer viendo como al final no aparece nada :P

Si les gustan los personajes intrusos, acuérdense que tengo un desafío muy divertido sobre el tema, al que pueden unirse si lo desean:

Click para ver de qué se trata :3
¿Qué harían si se encuentran con su personaje favorito en la vida real? ¿Y quien sería ese personaje?

¡Buen viernes todo el mundo! :D
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¡Hola, hola!

Les traigo relato hiper improvisado y a último momento para Adictos. Con los parciales se me hizo imposible ponerme antes a escribir, pero tenía una idea concisa y loca para este relato, y no quise desaprovecharla.

Probablemente me haya enredado con la consigna, este mes tocó: Lo inverosímil.

Al principio fue como "Bitch, please. Soy fan de Lovecraft y Poe desde los ocho años, puedo lidiar con esto". Resulta que no, que ser fan no tiene nada qué ver con eso jaja

Por último, estoy hiper feliz porque Gálivich, mi relato del mes pasado volvió a ser el elegido del mes en adictos :D

¡Gracias a todos por votarlo! :)

X

Maullidos

Se había dormido con el peso de un mal presentimiento agujereándole el estómago. Lo había despertado a medianoche su gato maullando.

Algo estaba mal, algo estaba pésimo.

Se agazapó en la cama, abrazó sus rodillas bajo su mentón y, con la bilis en la garganta, tuvo que contener las náuseas que le causaba el pavor. Una luz perezosa, verde y plomiza inundaba la habitación, como si súbitamente se hubiera sumergido en alguna laguna mohosa bañada por la turbia luz del sol.

Su gato lo observaba fijamente desde la puerta, luego con la rapidez típica de los felinos abandonó la habitación. Brincó de la cama exaltado, tomó su antiguo paraguas como torpe e improvisada arma y lo siguió escaleras abajo, con el corazón amenazando con hacerlo convulsionar, provocandole un temblor histérico con cada latido. El olor acre del orín del animal atacó sus fosas nasales en cuanto ingresó al pasillo, invasivo, repugnante, parecía cubrir cada milímetro de la habitación. Camino a la escalera ya no pudo contener las náuseas y vomitó junto a la baranda, por el miedo, el hedor y los hermosos regalitos que su mascota había dejado en cada escalón. Roedores, aves y pequeños animales despellejados y sanguinolentos, acompañaron cada uno de sus pasos al salón.

Su gato junto a la ventana le daba la espalda. Como un péndulo perfecto y enfadado, mecía suavemente la cola. Tenía la vista clavada en algo al otro lado de la calle, bajo un poste de luz. Exactamente donde… 

Una bola de pelos se escurrió babosa entre los dedos de sus pies desnudos cuando se acercó, vacilante, a él.

–Has sido un mal chico, Fluffy –susurró.

–¿Yo he sido un mal chico, John? –contestó el gato, volteándose a mirarlo con los ojos hundidos cargados de reproche, las orejas partidas y el pelaje opaco y arratonado–. Tú has sido un mal chico, John.

Era verdad. Había sido un mal chico, un mal amo.

Se arrodilló y pidió piedad llorando como un niño, pero los felinos no sienten compasión, y él había sido un mal dueño, un muy mal dueño… y ahora pagaría por ello, lo sabía. Lo sabía.

Lo sabía desde hacía una semana cuando por descuido había atropellado y matado a su gato.


Y este es el relato del mes.

Espero que les guste y que no lo lean con ningún minino cerca, no sea cosa que le dé ideas :)

¡Qué empiecen bien la semana!
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Soy Meli

Amo los libros, los días de lluvia, el café, viajar, los libros, los animales, Sailor Moon, escribir, los libros y los libros. La literatura es mi pasión y por eso elegí dedicarle mi vida: soy editora de ficción juvenil, autora y blogger.
Lee.Sueña. Vuela nació hace más de una década y es mi mayor y mejor proyecto.

¡Bienvenidos todos y espero que lo disfruten!



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